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Abelardo de la Espriella, el antisistema de los poderosos que convirtio el miedo en poder – Pitirre

Posted On 2026-06-23
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Abelardo de la Espriella no llego a la politica para bajar el tono. Llego para subir el volumen. Para señalar enemigos. Para convertir cada intervencion en una declaracion de guerra cultural. Para prometer orden, castigo y revancha a un pais cansado, dividido y golpeado por años de violencia, desigualdad y frustracion institucional.

Su victoria en Colombia no es solo el triunfo de un candidato. Es la llegada al poder de una forma de hacer politica: la ultraderecha como espectaculo, la provocacion como metodo y el miedo como combustible electoral. De la Espriella ha sabido presentarse como el hombre fuerte capaz de “poner orden”, pero su discurso deja una pregunta incomoda: que queda de la democracia cuando la autoridad se convierte en amenaza permanente.

Durante años fue abogado, empresario y personaje mediatico. Ahora sera presidente. Su ascenso no se entiende sin el desgaste del Gobierno de Gustavo Petro, pero tampoco sin una operacion politica mas profunda: convertir el antipetrismo en identidad nacional. No se trataba solo de derrotar a la izquierda en las urnas. Se trataba de presentarla como un peligro para Colombia.

El outsider que nunca estuvo fuera

De la Espriella ha construido buena parte de su relato sobre una paradoja. Se vende como un hombre ajeno al sistema, pero su trayectoria esta ligada a los espacios donde se cruzan el poder economico, el poder judicial, la television y las elites politicas.

No es un desconocido que haya llegado desde abajo para desafiar a los poderosos. Es, mas bien, un hombre que conoce bien sus salones, sus codigos y sus mecanismos. Por eso resulta tan eficaz su disfraz de insurgente conservador: habla como si viniera a dinamitar el sistema, pero su carrera se ha desarrollado muy cerca de quienes historicamente lo han administrado.

Esa es una de las grandes habilidades de la nueva ultraderecha latinoamericana. Presentarse como rebelion cuando en realidad suele defender un orden social profundamente desigual. Hablar contra “las elites” mientras recibe el aplauso de sectores empresariales, mediaticos y religiosos. Denunciar la “casta” mientras promete recortes, mano dura y menos limites al poder economico.

De la Espriella encaja en esa escuela. Como Trump, como Milei, como Bukele en su version mas autoritaria, entiende que la politica contemporanea premia a quien ocupa la conversacion, no necesariamente a quien ofrece mejores soluciones. El escandalo no le resta. Le organiza el campo de batalla.

El antipetrismo como programa

Su campaña tuvo una idea central: Petro era el problema. Todo lo demas giro alrededor de esa premisa. La inseguridad, la economia, el narcotrafico, el desgaste institucional, el miedo al cambio, la desconfianza hacia la izquierda. Todo se convirtio en material para construir un relato de emergencia nacional.

De la Espriella no necesito explicar con detalle como resolveria cada problema. Le basto con convencer a millones de votantes de que sabia a quien culpar. Esa simplificacion es una herramienta clasica de la ultraderecha: tomar malestares reales y convertirlos en una narrativa de enemigos internos. La izquierda, los progresistas, los movimientos sociales, los jueces incomodos, los periodistas criticos, las organizaciones de derechos humanos.

El resultado es una politica de trincheras. Quien no esta con el lider, esta contra la patria. Quien cuestiona la mano dura, protege a los criminales. Quien pide garantias democraticas, debilita al Estado. Ese lenguaje puede ser muy rentable en campaña, pero es profundamente corrosivo cuando llega al Gobierno.

Porque Colombia no necesita mas odio organizado. Necesita Estado, justicia social, seguridad, redistribucion, presencia publica en los territorios abandonados y garantias para todos. La promesa de autoridad puede seducir a una sociedad agotada, pero la historia latinoamericana demuestra que el orden sin derechos suele terminar siendo orden para unos y miedo para otros.

Mano dura, derechos en riesgo

La seguridad fue el corazon de su oferta politica. De la Espriella prometio combatir con dureza a los grupos armados, romper con la logica negociadora de Petro y recuperar el control territorial mediante una respuesta mas agresiva del Estado.

Es evidente que Colombia tiene un problema grave de seguridad. Seria irresponsable negarlo. Pero tambien seria ingenuo creer que decadas de conflicto, narcotrafico, economias ilegales y abandono estatal pueden resolverse unicamente con mas castigo. La mano dura puede producir titulares rapidos, pero rara vez sustituye a una politica publica seria.

La ultraderecha suele vender seguridad como sinonimo de fuerza. Pero la seguridad democratica exige algo mas: justicia eficaz, servicios publicos, educacion, oportunidades, proteccion de lideres sociales y presencia real del Estado donde hoy mandan actores armados. Sin eso, la represion puede convertirse en una coartada para recortar libertades sin transformar las causas de la violencia.

El riesgo de De la Espriella es gobernar como hizo campaña: dividiendo el pais entre buenos y malos, patriotas y enemigos, orden y caos. Ese marco no admite matices. Y una democracia sin matices es una democracia mas debil.

El poder empieza cuando termina la provocacion

La gran pregunta es si detras del personaje hay un gobernante. Si detras del abogado combativo existe un jefe de Estado capaz de respetar limites, escuchar a quienes no lo votaron y entender que la democracia no consiste solo en ganar elecciones, sino en gobernar sin atropellar derechos.

De la Espriella ha prometido orden, pero Colombia necesita mucho mas que orden. Necesita igualdad, instituciones fuertes, paz territorial, proteccion social y una economia que no deje siempre a los mismos fuera. La ultraderecha suele despreciar esas palabras porque le parecen blandas. Pero sin ellas no hay estabilidad duradera.

El antisistema de los poderosos ha llegado a la Casa de Nariño. Lo ha hecho prometiendo castigo, revancha y una ruptura frontal con el ciclo progresista. Ahora debera demostrar si puede gobernar un pais real, no un plato; una democracia plural, no una hinchada; una sociedad herida, no un enemigo al que derrotar. Porque una cosa es ganar explotando el miedo. Otra muy distinta es gobernar sin convertir ese miedo en regimen.

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