De niño, jugando con una cresta engominada, le poseia una pasion patologica: adicto a la victoria, alergico a la derrota. Se enfadaba mas alla de los limites legales cuando tenia que ceder una falta o cuando le sustituian con el partido resuelto, para que pudieran jugar otros. Un entrenador del Vic Riuprimer le dejo en el banquillo en un duelo ante el Barça por no haber entrenando bien. Le grito que era un capullo. Cuando le expulsaban del entrenamiento, camino de la ducha, gritaba que le daba igual lo que le dijeran y que el llegaria a Primera.
Pero muchos dias terminaba llorando, de tanta rabia acumulada en un cuerpo tan pequeño. Era de los bajitos. “Si no aprendes te pegas unas hostias que flipas”, asiente. El doctor Jekyll mato al señor Hyde: “Ahora no soy asi. Sigo siendo muy competitivo, pero aprendi a controlar todo eso. A canalizar la rabia, esa obsesion. A tolerar la derrota. Antes superaba unos limites que no eran sanos. Con aquella actitud era imposible e inviable llegar al futbol profesional”.
“Aprendi a canalizar la rabia, la obsesion. A tolerar la derrota. Antes superaba unos limites que no eran sanos”
La crisis de 2007 bajo la persiana de la pasteleria de su padre. Era un crio: “Intentaron dar normalidad al dia a dia y que nada se les notara mucho, pero aunque seas pequeño te das cuenta de las cosas”. “Mis padres me han enseñado que a pesar de las circunstancias y las cosas que te vengan en contra siempre tienes que sobreponerte y remar y trabajar para conseguir lo que quieres”, argumenta Jutglà. Hizo de la frustracion compañera: ficho por el Espanyol, pero tres años despues le enviaron a casa. Tenia 16 años.
Jutglà, durante su etapa con el Barça. / Jordi Cotrina
En verano ficho por el Sant Andreu y en enero de 2018 por el Valencia, aun juvenil: “Me ficharon para un año y medio. Al medio año me dijeron que no servia: fue una hostia muy fuerte tambien. Volver a empezar otra vez. Pero aquel medio año me hizo abrir la mente. Alli estaba solo. Solo conmigo mismo. No tenia amigos. No tenia nadie. Ahi empece a madurar”. En el año 2018-2019 volvio a jugar con el Sant Andreu. Cobraba 700 euros al mes. Se consumian en gasolina. “Necesitaba algo mas”. Yse apunto a un curso para ser socorrista. Por las mañanas hacia el curso en la piscina de Manlleu y por las tardes bajaba a Barcelona, a entrenar. Su Seat Ibiza gris vivia en la C-17. Comia un ‘tupper’ en el area de servicio de Malla, en el asiento del conductor. En 2019 trabajo de socorrista, en tres piscinas diferentes de Osona. No hace ni cinco años.
Fue justo antes de jugar en el Espanyol B (2019-2021). En 2021 llego al Barça: comenzo con el filial, actuando incluso de lateral, y debuto con el primer equipo el 12 de diciembre. Hizo dos goles en nueve partidos, entre diciembre y enero de 2022. Hace justo dos años. “Buf, pues yo lo vivo como si hubiera pasado mucho mas. Quizas cinco años. Cuando estas aqui, en el futbol profesional, el tiempo pasa tan rapido que solo vives el dia a dia, pero a veces pienso en esos dias y siento nostalgia y felicidad y sonrio. Son buenos recuerdos”, destaca el delantero. Con las llegadas de Pierre-Emerick Aubameyang, Ferran Torres y Adama Traore se agotaron las oportunidades.
Subraya que puede vivir del futbol, lo que siempre habia querido: “Me ha costado un monton, he sudado un monton y ha habido momentos de mucho sufrimiento, pero estar aqui me llena de orgullo. Quizas no estaba invitado a la fiesta de ser futbolista profesional, pero me he colado en la fiesta y aqui me quedo. De aqui no me echaran“.